En política, los nombres pesan. Y el de Max Arriaga pesa porque no es un funcionario discreto ni un perfil técnico que pase desapercibido. Tiene trayectoria, convicciones claras y una forma de entender el poder que coloca a la narrativa en el centro de todo.
Por eso su influencia en el ámbito educativo no es un tema menor.
La educación pública no es un espacio cualquiera, es donde millones de niños y jóvenes forman criterio, aprenden a cuestionar y construyen su visión del país. No es terreno para proyectos personales ni para experimentos ideológicos… es una institución que debe estar por encima de quienes la administran.
El debate no es si Arriaga tiene capacidad. El debate es si el sistema educativo puede darse el lujo de que la figura pese más que la institución. En cualquier democracia sana, las estructuras deben ser más sólidas que los personajes que las ocupan.
Porque si alguien llega a creer que es más grande que la institución que representa, algo se rompe. El servicio público no se trata de imponer visión propia, sino de cuidar lo que pertenece a todos.
La educación es de la sociedad. No de un proyecto político. Y esa diferencia no es menor.