Respirar… comunicar… y enfrentar lo que incomoda.
Ismael “El Mayo” Zambada, tras más de 40 años de dominio criminal, se declaró culpable en una corte de Nueva York. Admitió haber dirigido el Cártel de Sinaloa, traficado toneladas de cocaína, metanfetaminas y fentanilo hacia Estados Unidos, sobornado a policías y militares, y mantenido con sangre su imperio.

Pero lo más grave de su declaración no fue la cifra de droga ni los asesinatos confesos, sino su señalamiento directo: ningún partido político mexicano está libre de culpa. Ni el PRI, ni el PAN, ni Morena. Todos, en diferentes momentos, formaron parte de su historia de complicidades, sobornos y pactos que lo mantuvieron intocable durante décadas.
En Chihuahua lo sabemos: la frontera, las sierras y los municipios han sido testigos de cómo el crimen organizado penetra no solo en las calles, sino en las estructuras que deberían combatirlo. Y hoy, con esta confesión, se desnuda la fragilidad de un sistema político que ha preferido mirar hacia otro lado.

Mientras tanto, la presidenta de México evitó hablar del tema. El silencio oficial contrasta con la magnitud del golpe: si un capo histórico confiesa que sobornó a todos los colores políticos, ¿qué sigue? ¿Habrá investigación real, o la política mexicana se limitará a pasar la página?
El Mayo va a prisión, pero el mensaje que deja es brutal: la verdadera cadena perpetua es para un país atrapado en un ciclo de corrupción, donde el poder criminal y el poder político se confundieron durante décadas.
Es tiempo de respuestas claras, no de silencios incómodos. Porque si la política no reacciona, la historia se repetirá.
Soy Akbar, y esto es lo que tengo que comentarle hoy.