Respirar… comunicar… y actuar decididamente.
Después de varios años sin recibir una advertencia directa, Chihuahua vuelve a estar en la lista negra del Departamento de Estado de los Estados Unidos. La alerta de nivel 3 —“reconsiderar viajar” por riesgo de terrorismo, crimen y secuestro— es más que un trámite diplomático: es un golpe a nuestra imagen y un recordatorio de que los problemas de seguridad no se han resuelto, solo se han reacomodado.
Este tipo de señalamiento no se da todos los días. Durante un tiempo, nos mantuvimos fuera del radar más crítico de Washington; hoy, volvemos a él por razones que todos conocemos: violencia derivada de cárteles, pandillas y grupos armados, con incidentes que han tocado ciudades, carreteras y espacios públicos que deberían ser seguros.
Para Chihuahua, este es un punto de inflexión. No se trata de minimizar ni de dramatizar: se trata de reaccionar. Porque una alerta así no solo ahuyenta turistas; enfría inversiones, frena proyectos y estigmatiza a toda una población que no merece cargar con la etiqueta de “zona de riesgo”.
Urge:
1. Presencia total en zonas calientes, con coordinación efectiva entre Ejército, Guardia Nacional, Fiscalía y policías locales.
2. Inteligencia ciudadana que funcione: denuncias seguras, canales anónimos y respuestas rápidas.
3. Prevención visible para que la gente y el mundo vean acciones, no solo declaraciones.
Si en los últimos años demostramos que era posible no aparecer en las alertas, podemos y debemos volver a lograrlo. Pero eso no será por casualidad: será por estrategia, trabajo en campo y voluntad política.
Soy Akbar, y esto es lo que tengo que comentarle hoy.