Respirar… comunicar… y no bajar la guardia.
La Secretaría de Seguridad Pública, a través de Gilberto Loya, ha declarado que las recientes olas de violencia no obedecen a un dominio absoluto de ningún cártel, sino a pugnas internas que convulsionan a los grupos criminales en Chihuahua. Es una lectura que busca transmitir que, aunque hay violencia, ninguna organización tiene el control total .
Pero si esto es así, entonces entenderemos que detrás de los hechos —como los recientes en Moris, Ojinaga, Guadalupe y Calvo, Ciudad Juárez y hasta en la capital por el caso de “El Verín”— no estaríamos ante simples disputas locales, sino ante un reacomodo violento de territorios que deja a toda la sociedad atrapada en el fuego cruzado.
El mensaje oficial es claro: no hay un cártel monolítico gobernando… pero sí hay grupos fragmentados peleándose las calles. Un panorama más riesgoso aún, porque esa ausencia de un liderazgo central convierte la inseguridad en un caos sin control.
En Chihuahua, donde cada esquina tiene una historia de miedo, las autoridades deben intensificar la coordinación: policías municipales, estatales y federales, con apoyo del Ejército y Guardia Nacional, no pueden permitir que esta crisis se convierta en normalidad.
También deben llegar estrategias de inteligencia, desarticulaciones de redes y acciones contra la corrupción. Hoy, más que nunca, lo que necesitamos es presencia constante, rendición de cuentas reales y un plan de seguridad con rostro humano.
Este no es un problema de percepción: la gente lo vive en carne propia. Y el mensaje desde el gobierno debe ser contundente: ni un paso atrás, ni silencio ante el fuego interno de los cárteles.
Porque fragmentados o no, mientras haya sangre en nuestras calles… hay una guerra activa que no podemos ignorar.
Soy Akbar, y esto es lo que tengo que comentarle hoy.